2 de junio de 2025
Después de este fin de semana, no ha podido reprimirme, y es que la mediocridad esta en el poder, serán malos o simplemente buenos, pero algunos nos retirarnos hace tiempo por “vergüenza torera” porque el marketing político que podíamos hacer no nos gustaba los derroteros que estaba tomando, podemos vender a mediocres, podemos ser programitas de” guante blanco”, pero si eres profesional ahí estas, y tienes que cumplir con tu trabajo, por lo que a veces es mejor dejarlo, se llama ética.
Eso de anocracia, seguramente lo entenderán algunos como algo “anal”, pero no es sexual, lo prometo, lo creo un americano de los USA, nada menos.
Lo que hasta hace poco se consideraba una democracia estable comienza a mostrar síntomas de deterioro institucional: polarización extrema, crisis de confianza en los contrapoderes, y una instrumentalización creciente de las instituciones. Este fenómeno encaja en un concepto menos conocido, pero esencial: anocracia.
España no es aún una anocracia formal, pero se comporta cada vez más como una. Si no se revierte esta deriva, el país corre el riesgo de convertirse en otro caso paradigmático de cómo una democracia consolidada se disuelve lentamente desde dentro. Y lo hace, paradójicamente, en nombre de la gobernabilidad, el pragmatismo o la retórica del progreso.
Una anocracia no es una dictadura, pero tampoco una democracia plena: es una zona gris, inestable y erosionada, donde las instituciones formales existen, pero son sistemáticamente debilitadas o utilizadas con fines partidistas.
En este contexto florece la neuropropaganda, una estrategia de comunicación emocional que no busca informar, sino activar, polarizar y movilizar. El mecanismo es simple pero efectivo: identificar al adversario como una amenaza existencial. Hoy, esto se traduce en señalar a la derecha como fascista, o en cuestionar la legitimidad del poder judicial, etiquetándolo como una “reacción conservadora”. Se trata de reemplazar el diálogo democrático por la narrativa del enemigo interno.
El objetivo es claro: crear una ciudadanía emocionalmente movilizada, no informada. La política se transforma en espectáculo, y el votante en fanático. Esta dinámica favorece a los liderazgos populistas y penaliza los discursos moderados y racionales.
El ciudadano se convierte en espectador. Asiste, se indigna, pero no participa. Como señala Byung-Chul Han, la transparencia que se exige a los políticos no es deliberativa, sino voyeurista. El ciudadano ya no delibera, consume escándalos. La democracia se convierte en un teatro emocional, y el neuromarketing, lejos de fomentar la reflexión, amplifica las pulsiones más primitivas.
Este entorno desplaza la Ventana de Overton: el escándalo deja de ser ruptura para convertirse en parte del paisaje. Lo radical se normaliza, lo impensable se debate, lo inaceptable se tolera.
Podemos seguir refinando la performance política, mejorando la escenografía y optimizando el guion. Pero ¿podemos realmente permitírnoslo? Porque cuando la democracia se representa demasiado bien, corre el riesgo de dejar de ser real.
Algunos lo sabemos hacer sin ser americanos, pero no, o algo cambia, o será tan sencillo como hacer propaganda de no se sabe quién, pero solo eso.