7 de noviembre de 2025
La inteligencia artificial promete eficiencia, innovación y productividad. Pero bajo ese discurso optimista late una realidad menos visible: podría golpear con especial dureza al empleo femenino, sobre todo en el segmento medio del mercado laboral, el mismo que ha permitido a millones de mujeres incorporarse y mantenerse en la vida profesional durante las últimas décadas.
El avance de la IA no afecta a todos por igual. Mientras los trabajos altamente cualificados —ingenieros, analistas de datos, estrategas digitales— crecen y los empleos manuales o de cuidados resisten, el segmento intermedio se está erosionando. Y es precisamente ahí donde la presencia femenina es más alta: puestos administrativos, técnicos, docentes, financieros o de atención al cliente.
La paradoja es clara: la IA no destruye tanto los empleos físicos ni los de élite, sino aquellos que requieren habilidades cognitivas medias —gestionar, redactar, coordinar, comunicar—. Tareas que los sistemas inteligentes pueden automatizar con facilidad y que, además, constituyen el corazón del trabajo femenino contemporáneo.
La consecuencia es un riesgo de polarización laboral: más empleos en los extremos (altamente cualificados o de baja remuneración) y menos en el centro. En ese proceso, muchas mujeres pueden quedar atrapadas en una “trampa del empleo medio”, viendo cómo sus competencias pierden valor justo cuando la economía exige adaptabilidad tecnológica.
La amenaza no es solo económica. Es simbólica. Durante décadas, las mujeres han luchado por ocupar espacios profesionales estables, equilibrando productividad y conciliación. Si esos puestos desaparecen o se devalúan, la IA podría romper el techo de cristal… al revés, expulsando a las mujeres del corazón del sistema laboral hacia los márgenes menos reconocidos o peor pagados.
A todo ello se suma un problema estructural: la brecha en las disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). Los nuevos empleos que crea la IA —diseño de algoritmos, análisis de datos, desarrollo de modelos— surgen en sectores donde las mujeres aún están infrarrepresentadas. Es decir, mientras la tecnología automatiza los trabajos donde ellas son mayoría, los nuevos nichos se abren donde ellas son minoría.
El riesgo de una nueva desigualdad digital de género es real. No basta con incluir a las mujeres en la conversación tecnológica: hay que garantizar que formen parte de su construcción, de sus códigos, de su ética y de su regulación. Si no, los algoritmos reproducirán las desigualdades del pasado con apariencia de neutralidad.
La solución no pasa solo por aprender a programar. Pasa por reentrenar competencias en pensamiento crítico, creatividad, liderazgo, empatía y ética aplicada a la tecnología. Pasa por impulsar políticas que favorezcan la transición digital con perspectiva de género, evitando que la automatización se convierta en un nuevo sesgo estructural disfrazado de eficiencia.
Porque la IA no es un destino inevitable, sino una herramienta. Puede liberar tiempo y talento o puede concentrar poder y desigualdad. Lo que determinará su impacto no será su código, sino nuestras decisiones colectivas.
Si no actuamos, la inteligencia artificial podría convertirse en el mayor avance tecnológico del siglo… y el mayor retroceso silencioso para la igualdad.
NOTA: A partir de una idea expresada de Carme Artigas