POPULISMO VISUAL Y PSICOPOLÍTICA: CUANDO EL PODER SE VISTE COMO EL PUEBLO

El populismo contemporáneo ya no se impone únicamente a través del discurso, sino mediante una coreografía visual cuidadosamente diseñada. En este marco, la indumentaria del líder deja de ser un elemento accesorio para convertirse en un dispositivo psicopolítico: regula emociones, construye identificación y neutraliza la percepción de amenaza.

El chándal es uno de los artefactos más eficaces de este populismo visual. No es una prenda inocente ni casual. Es revolucionaria sin ser intimidante. No remite al uniforme militar ni al imaginario del golpe de Estado; remite al barrio, a la cotidianidad, al común. El mensaje implícito es claro: “soy como tú”, aunque el poder que se ejerce sea radicalmente asimétrico.

Desde una lógica psicopolítica, el chándal reduce la distancia simbólica entre líder y ciudadanía. Desactiva el miedo, pero refuerza la dependencia emocional. El líder no aparece como dominador, sino como extensión del pueblo. Se diluye la figura del gobernante y emerge la del representante absoluto: el pueblo soy yo.

Este mecanismo se suaviza aún más con el uso de camisetas de la selección nacional o símbolos deportivos del país. Aquí el populismo visual opera en clave de nacionalismo blando. No hay imposición ideológica explícita, sino identificación emocional. La nación se convierte en sentimiento compartido y el líder en su portador visible. No se representa al Estado; se encarna la emoción nacional.

Hugo Chávez construyó este relato con precisión. El chándal para el día a día, la camiseta de la Vinotinto( su seleccion de futbol) para la nación emocional, y el “liquiliqui” para los momentos solemnes. Esta secuencia no es estética: es psicopolítica. Cada prenda corresponde a un nivel de relación con el poder.

El “liquiliqui”, con su cuello cerrado, parecido al cuello Mao sin serlo, cumple una función simbólica clave. Cierra el cuerpo, disciplina la imagen, impone autoridad sin recurrir al uniforme militar. Desde 2017, su uso reiterado lo convierte en símbolo de lo patrio institucionalizado. El líder ya no es solo pueblo: es tradición, continuidad y destino nacional.

Este patrón no es exclusivo de Venezuela. Fidel Castro, especialmente en su etapa tardía, transitó del uniforme guerrillero a una vestimenta más civil con guayaberas de tonos claros, que transformó su figura de comandante en patriarca. El poder deja de ser épico para volverse permanente. Sin olvidar el chándal, del que creo que fue el precursor, sin querer.

En el caso de Vladimir Putin, la estrategia no es de cercanía popular directa, sino de normalización estética del poder. Ropa deportiva, escenas cotidianas, exhibición del cuerpo funcional. No busca parecer “uno más”, sino hacer aceptable la concentración de poder mediante la banalización visual. El autoritarismo no se presenta como excepción, sino como normalidad.

La psicopolítica opera aquí a través de la emoción y la repetición. La ropa no impone; familiariza. No ordena; seduce. El líder no necesita proclamar su centralidad: la imagen la naturaliza.

En este sentido, el populismo visual es una forma de dominio suave. No reprime de entrada; captura. No asusta; tranquiliza. Sustituye el conflicto político por una relación emocional entre líder y ciudadanía. La crítica se vuelve disonante porque rompe la identificación afectiva.

La ropa, así entendida, no viste cuerpos: viste regímenes. Cada prenda es una pieza de ingeniería emocional. Y en el populismo contemporáneo, el poder no necesita parecer autoritario para serlo. Basta con parecer cercano, cotidiano, casi inofensivo.

Porque cuando el líder se viste como el pueblo, el pueblo deja de verse a sí mismo como contrapoder.

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